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El drama del éxodo venezolano

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Éxodo

Desde el año 2015, más de 4 millones de personas han huido de una Venezuela económicamente devastada. Registramos los testimonios de tres personas que se fueron para darle un rostro a esta sobrecogedora estadística.

Por Vanessa Glavinskas

Héctor Herrera llevaba a su padre al aeropuerto internacional José Tadeo Monagas, en el noreste de Venezuela, cuando se acercaron a un puesto de comida del Gobierno. Incluso a las 5 de la mañana, la fila era larga. «Nunca pensé que viviría en esta miseria», dijo el padre de Héctor. De repente, una pelea se extendió a la calle frente a ellos. Eran dos hombres que luchaban por un pollo congelado. «En ese momento, mi padre me dijo: “Hijo, si tienes la oportunidad de irte, vete ―recuerda Héctor―. Te echaré de menos y será difícil, pero esto ya es lo peor que puede vivir una persona”».

Era el verano de 2015. Héctor era un profesor de 28 años y socio del Club Rotaract de Maturín Juanico. La ciudad, cuyo auge se produjo en la década de 1980 como la capital petrolera del este de Venezuela, se encuentra ahora paralizada por el colapso del país, un colapso económico que, para la gente que vive allí, es peor que la Gran Depresión. Según una encuesta publicada en el año 2018, 9 de cada 10 venezolanos no ganaban lo suficiente para comprar alimentos, y más de 17 millones habían caído en la pobreza extrema. La BBC informó que los padres, en su desesperación, preferían entregar a sus hijos en vez de verlos morir de hambre.

Esas condiciones están provocando la mayor migración en la historia de América Latina, en la que más de 4 millones de personas ya ha salido de Venezuela. Los economistas dicen que el colapso del país es el peor no causado por una guerra en al menos 45 años, mientras que la Institución Brookings predice que la crisis de refugiados de Venezuela se convertirá en «la más grande y la más carente de fondos en la historia moderna». A la distancia, estos datos y estadísticas pueden resultar soporíferos, haciéndonos olvidar a las
personas atrapadas en esta catástrofe social y económica. Pero la cruda realidad emerge en los testimonios de tres personas que huyeron.

Eduardo José Campechano Escalona, un rotario de Barquisimeto, huyó a Perú después de haber sido blanco de ataques por hablar en contra de las políticas del gobierno. Victoria García Baffigo, exestudiante del programa de Intercambio de Jóvenes de Rotary, regresó a los Estados Unidos después de que su antigua familia anfitriona se preocupara por su seguridad y su futuro en Venezuela. Y siguiendo el consejo de su padre, Héctor Herrera se fue a México con tan solo 200 dólares y la promesa de un lugar donde quedarse. Todos ellos tenían vínculos con Rotary, lo que al final sería su esperanza y, hasta cierto punto,
su salvación.

El 10 de noviembre de 2015, el día en que Héctor se fue de Venezuela, se fotografió a sí mismo para recordar el momento. «Cuando miro esa foto ahora, veo miedo, incertidumbre y tristeza», dice. Afortunadamente, él conocía a Ferdinando Esquivel a través de Rotaract.

Héctor había conocido a Ferdinando, quien ahora es socio del Club Rotario de Zinacantepec, en un viaje que hizo a México en 2013. Ambos se hicieron muy amigos, y Ferdinando se ofreció a ayudar a Héctor si alguna vez decidía dejar Venezuela.
En ese momento, Héctor pensó que las cosas mejorarían en su país natal. Pero dos años después, la vida era mucho peor. «Las tiendas no tenían nada ―dice―, ni siquiera papel higiénico». Tenía un pasaporte, pero sin acceso a dólares, no podía comprar un boleto de avión. Así que Ferdinando se lo compró e invitó a Héctor a quedarse con él en un pequeño pueblo cerca de Toluca. Después de dos semanas, Héctor le agradeció a su amigo y se subió a un autobús para el viaje de 60 kilómetros a la ciudad de México, donde esperaba encontrar un trabajo que le permitiera obtener una visa de trabajo.

Cuando se bajó del autobús en la ciudad de México, Héctor empezó a entrar en pánico. «¿Izquierda? ¿Derecha? No sabía a dónde ir ―recuerda―. Sentía como si no hubiera suelo bajo mis pies». Encontró un lugar para sentarse y sacó su celular para enviarle un mensaje de texto a Alonso Macedo, un amigo que había conocido en un evento de Rotary en México. Alonso había acordado recogerlo y dejarlo quedarse con él unos días. «Pero ¿y si no viene? ―pensó Héctor―. ¿Dónde dormiré esta noche?» Y entonces apareció
Alonso. «Después de eso busqué trabajo todos los días, cualquier cosa que me diera papeles. No podía dormir, así que me metía en la computadora por la noche y seguía buscando trabajo», recuerda Héctor. Finalmente, una academia dirigida por venezolanos que enseñaba inglés le pidió que viniera para una entrevista, pero la academia estaba situada a cuatro horas de la ciudad de México. Entonces surgió otro problema: no tenía donde quedarse. Su anfitrión se iba de viaje.

Héctor relata; «Había una tormenta esa noche. Caminé hasta un restaurante, abrí mi computadora y empecé a enviar mensajes a personas de Rotary y Rotaract, a quienes no conocía personalmente, pero con quienes tenía una conexión a través de Facebook». No tuvo más remedio que preguntar a extraños si estarían dispuestos a acogerlo por la noche. Finalmente, obtuvo una respuesta de Laura Martínez Montiel. No se conocían, pero tenían varios amigos en común en las redes sociales a través de Rotaract. Ella le dio su dirección y le dijo que tomara un taxi. Héctor le contestó y le explicó que no tenía suficiente dinero, así que acordaron reunirse en un barrio más cercano donde Laura se dirigía a una fiesta de Navidad.

Héctor recuerda: «Estaba en tan mal estado. Estaba todo mojado, y mi ropa estaba sucia». Le preocupaba que Laura le echara un vistazo y cambiara de opinión sobre su alojamiento. Pero en vez de eso, lo llevó a su casa y le presentó a su madre, quien lavó su ropa y le preparó algo de comer. Le explicó que tenía una entrevista de trabajo al día siguiente, y juntos planearon cómo llegar en transporte público. A las 6 de la mañana, Laura lo llevó al metro.
Cuando Héctor llegó a la entrevista, vio un rostro que le era familiar. Resultó que él había revisado la tesis del entrevistador unos años antes. Después de hablar un rato, el entrevistador preguntó si Herrera podía empezar el lunes. «No ―respondió―, quiero empezar hoy».
El trabajo de Héctor era hacer cientos de llamadas buscando clientes para la academia; si alguien se inscribía, él recibía una comisión. Se quedó con Laura y su madre durante otra semana y hacía cuatro horas de ida y cuatro de vuelta, hasta que pidió un adelanto de su sueldo para poder alquilar un departamento más cercano a su trabajo. «El 15 de enero recibí mi primera comisión. Fue un alivio, porque el día anterior solo me quedaban dos dólares», dice.

En abril, Héctor fue ascendido a gerente de publicidad, y en julio recibió finalmente un permiso de trabajo. Dos años después, encontró un trabajo que se ajustaba mejor a sus capacidades de enseñanza, trabajando como instructor para una empresa que asesora a compañías en la optimización de sus procesos.

«Empecé a dar conferencias en este hermoso país», dice Héctor. «Pero el 3 de diciembre de 2018, recibí un correo electrónico de la autoridad nacional de migración diciendo que tenía que salir de México en 20 días». Se había emitido una alerta migratoria para él después de que las autoridades de inmigración visitaron a su anterior empleador, la academia de inglés. Cuando tocaron el timbre, nadie respondió a la puerta, así que la marcaron como una empresa falsa. «No podía creerlo ―dice Héctor―. Me iba bien, pero ahora era peor que al principio porque ya no tenía papeles. Tuve que empezar de nuevo».

Durante el último año, Héctor ha estado defendiéndose con la ayuda de un abogado de oficio. Cada día que su situación permanece sin resolver, corre el riesgo de ser deportado. Está buscando asilo para poder quedarse, pero con el empeoramiento de la crisis de Venezuela, su solicitud es una de miles. «México está devolviendo a los venezolanos inmediatamente cuando llegan al aeropuerto», comenta Héctor. Aun así, afirma que no se rendirá: «No descansaré hasta que no alcance mi sueño de contar con una visa».

Eduardo José Campechano Escalona empezó a sufrir ataques de ansiedad en el año 2015. «Había constantes disturbios en mi ciudad», recuerda Eduardo, antiguo socio del Club Rotario de Barquisimeto, la cuarta ciudad más grande de Venezuela. «Mis hijos no podían ir a la escuela o salir. Tuvieron que vivir literalmente encerrados en nuestro departamento».

Aunque él y su esposa eran profesores universitarios, sus ingresos ya no cubrían las necesidades básicas. En ese momento, la hiperinflación era del 181 por ciento (a finales de 2019, el Fondo Monetario Internacional estimó que la tasa de inflación anual era del 200 000 por ciento). Además, varios incidentes llevaron a Eduardo a creer que el Gobierno lo tenía en la mira.

Él explica: «Había cuestionado las políticas del gobierno. Los libros de texto [emitidos por el Gobierno] omitían partes de la historia venezolana y solo resaltaban los hechos relacionados con el gobierno de Hugo Chávez», el presidente del país de 1999 a 2013.
Después de hablar públicamente sobre las inexactitudes y los prejuicios incluidos en los libros de texto obligatorios, Eduardo dice que se le empezó a negar el acceso a subvenciones. Cuando él y su familia decidieron irse a Perú, Eduardo fue a un banco estatal para obtener una tarjeta de crédito con el fin de poder acceder a dólares para un boleto de avión. Una vez más, se lo negaron. «Era una forma de intimidarme», explica. Cuando publicó lo sucedido en las redes sociales, recibió un correo electrónico amenazador.

Al quedarse sin opciones, Eduardo le preguntó a un amigo que vive en el extranjero si estaría dispuesto a comprarle un boleto de avión a Lima. Campechano se había asegurado un puesto en la Universidad César Vallejo, de Trujillo, una ciudad en el norte de Perú, que había visitado a menudo como conferenciante invitado y donde tenía un visado de trabajo pendiente.

Eduardo se mudó a Perú en marzo de 2017. Cuatro meses después, trajo a su esposa, sus dos hijos adolescentes y su suegra, quien estaba enferma de cáncer. «Durante esos primeros meses, mi familia fue el Ciberclub Rotario de Fusión Latina Distrito 4465», relata Eduardo. Cuando su suegra murió, su familia rotaria los consoló y apoyó. Eduardo sigue conectado con los socios de su antiguo club en Barquisimeto, y dice que siguen prestando servicio, a pesar de las duras condiciones. «Ya no existe un programa de Intercambio de Jóvenes. Solo están tratando de llevar lo básico, como comida y medicinas, a la gente», continúa Eduardo. Alberto Avelino Camacaro Zerpa, exgobernador del Distrito 4380 en el oeste de Venezuela, estima que entre el 20 y el 30 por ciento de los rotarios del país y casi el 40 por ciento de los socios de Rotaract han abandonado Venezuela. Sin embargo, muchos clubes continúan reuniéndose cuando los socios no están limitados por el acceso a la gasolina y la electricidad.

«Fue doloroso irse ―dice Eduardo―, pero estamos muy agradecidos por la oportunidad que nos ha brindado este país. Ahora nos sentimos seguros».
«Creo que todos los que vuelven a casa después de estudiar en el extranjero sufren un choque cultural inverso», dice Victoria García Baffigo, y agrega: «Yo lo tuve, pero peor».
Después de pasar el año escolar 2015-2016 viviendo como estudiante de Intercambio de Jóvenes de Rotary con Dave Siegfried y su familia en Aurora, Illinois (Estados Unidos), Victoria volvió a Venezuela, donde la situación se deterioraba rápidamente. «Algunos días no teníamos electricidad durante 10 horas», explica. La hiperinflación había empeorado tanto que su familia podía comprar muy poco en el supermercado. Un día sonó el teléfono. La persona que llamó les dijo que tenían a su hermano y les exigió dinero para su liberación. Afortunadamente, no lo tenían realmente, dice ella. Aun así, la llamada sacudió a la familia.

Chris Olson, socio del Club Rotario de Aurora Sunrise, había estado monitoreando la situación en Venezuela desde Estados Unidos. «Chris nos dijo que Victoria había regresado a Venezuela y descubrió que las cosas habían cambiado dramáticamente desde que se fue», dice Charlie Schmalz, quien, como Chris y Dave, es socio del Club Aurora Sunrise. «Ella había pasado todo ese tiempo estudiando aquí, y ahora todo su futuro estaba destruido. Fue algo terrible. Así que un grupo de nosotros se reunió y dijimos que debíamos hacer algo».
«La primera llamada que Chris hizo fue a mi madre, y luego mi madre me habló de volver a los Estados Unidos ―recuerda Victoria. Quien añade―: Nunca pensé en quedarme allí porque mis padres no podían pagar mi educación en ese país, y yo quería obtener mi título universitario».
Ahora, Victoria tenía la oportunidad de obtener su título universitario en los Estados Unidos, totalmente pagado a través de un fondo que el club Aurora Sunrise creó para ella. Ella dice: «Todavía me resulta difícil de entender. No puedo creer que gente que no es de la familia esté haciendo esto por mí».

Llevó más de un año hacer los arreglos. Gran parte de ese tiempo lo pasé esperando conseguir una visa de estudiante. «Las aerolíneas empezaron a irse de Venezuela», comenta la esposa de Charlie, Mary. «Estábamos tan cerca de que Victoria consiguiera los últimos papeles, que Dave compró un asiento por si ella podía venir. Compró el asiento, y el día antes de que el vuelo saliera, Victoria obtuvo su visa. Fue un milagro».

Victoria está ahora en su tercer año en la Universidad de Aurora, estudiando biología y ciencias de la salud con una especialización en biotecnología. Es la primera persona de su familia que va a la universidad. Aunque el plan original era rotar las familias de acogida, ella se ha quedado con Charlie y Mary Schmalz durante más de dos años. «Nos hemos unido a través de los juegos de mesa y de ver la televisión», dice Victoria. Añade Mary: «Ella se integra muy fácilmente a nuestro estilo de vida. Es como si fuera una nieta para nosotros».

Aun así, la pareja sabe que Victoria extraña a su familia, así que una Navidad la sorprendieron con un boleto para visitar a su madre, quien había emigrado recientemente a Perú. Cuando Victoria y su madre vivían en Venezuela, compartían un departamento con su abuela, quien permanece allí. «Todas las noches nos sentábamos en la cama de mi abuela, y mi madre, mi abuela y yo hablábamos de nuestro día», recuerda Victoria. «Luego yo hacía los deberes y mi madre preparaba la cena. Mi abuela y yo solíamos leer los mismos libros y hablar de ellos».

Victoria está preocupada por la salud de su abuela, pero su tío, socio del Club Rotario de Valencia, ha estado cruzando la frontera hacia Colombia para conseguir sus medicamentos. «Mi abuela se preocupa por conseguir comida», dice Victoria. «Se preocupa mucho por el dinero y por si tendrá suficiente. Es muy difícil». Victoria espera volver a ver a su abuela un día en Venezuela cuando termine la universidad. Mientras tanto, ella está concentrada en sus estudios y en hablar con los clubes rotarios locales sobre su experiencia en los Estados Unidos y la crisis en Venezuela, concientizando a la gente que sufre en el país que ella ama.

«Al principio, Victoria estaba a menudo triste ―dice Mary Schmalz―; ella decía: “No hay manera de que pueda pagarles a todos ustedes por esto”. Le dije: “No necesitamos que nos devuelvas el dinero. Lo que necesitas hacer es que cuando estés en posición de ayudar a alguien, lo hagas”».
«Mi padre murió en agosto», dice Héctor. «Siento un 1 por ciento de dolor y un 99 por ciento de gratitud. Estoy agradecido por su amor y por su disposición a estar siempre ahí por nosotros». Héctor no pudo regresar a Venezuela cuando su padre murió; si hubiese viajado, se le habría negado el reingreso a México. Le consuela saber que su padre querría que siguiera intentando construir su vida en su nuevo hogar. Él dice: «Mi plan es sacar a mi familia. No tengo ninguna esperanza de que las cosas vayan a cambiar en Venezuela. El daño al país ha sido enorme». La Institución Brookings estima que el número de migrantes venezolanos podría llegar a 8 millones, incluso más que los 6 millones que han huido de Siria. Sin embargo, los venezolanos han recibido menos del 10 por ciento de la ayuda internacional comprometida para los refugiados sirios.

«Lo más difícil de migrar es cambiar tu corazón», dice Héctor. Y añade: «Cuando me encuentro con venezolanos en México, lo primero de lo que hablan es de las cosas malas que suceden en Venezuela». En cambio, Héctor ha elegido honrar a su padre trabajando por su sueño de éxito. Incluso comenzó una página de Instagram llamada Migrando al éxito. La usa para compartir citas inspiradoras con sus 4,000 seguidores. «Tener que empezar de nuevo no es del todo malo», decía un post reciente. «Me ha demostrado que todo es posible».

Investigación y reportaje adicional realizado por Claudia Urbano

Los orígenes de la crisis

El colapso económico de Venezuela se intensificó en 2014, cuando los precios mundiales del petróleo cayeron bruscamente provocando un rápido declive económico en un país que ya se encontraba en situación de inestabilidad política. En ese momento, Venezuela dependía de sus vastas reservas de petróleo para el 96 por ciento de sus ingresos por exportaciones y cerca de la mitad del presupuesto del Gobierno. Para cubrir sus gastos, el Gobierno comenzó a imprimir dinero, lo que llevó a la hiperinflación. En 2018, la reelección de Nicolás Maduro como presidente fue ampliamente criticada como fraudulenta, lo que provocó un aumento de las sanciones internacionales que han desestabilizado aún más la economía y provocado un enfrentamiento político: más de 50 países no reconocen a Maduro como presidente de Venezuela.

Tendencia creciente
Número estimado de migrantes y refugiados venezolanos
2005: 437,280
2010: 556,641
2015: 695,551
2019: 4.5 millones

FUENTE: “Migration Trends in the Americas”. International Organization for Migration/UN Migration, octubre de 2019.

Una nación en huida
Destinos de los migrantes de Venezuela entre el 2015 y el 2019 (números estimados)
Canadá: 20,775
Estados Unidos: 351,144
México: 46,072
Costa Rica: 28,870
Panamá: 94,596
Colombia: 1,447,171
Ecuador: 330,414
Perú: 860,871
Chile: 371,163
Argentina: 145,000
Uruguay: 13,664
Paraguay: 3,818
Brasil: 212,441
Trinidad y Tobago: 21,000
República Dominicana: 30,000
España: 323,575
Portugal: 24,584
Italia: 53,007

FUENTE: “Migration Trends in the Americas”. International Organization for Migration/UN Migration, octubre de 2019. Los datos para los Estados Unidos son del año 2017 y los de Canadá del año 2016.

Cómo puedes ayudar

Los rotarios han iniciado proyectos para ayudar a la gente que huye de Venezuela y a los que permanecen en el país.

Brasil: Acogida a familias desplazadas
«Hace un año, estaba entrando a una panadería en Brasil cuando una niña se me acercó y me pidió que le comprara un pastel», recuerda Vanderlei Lima Santana. Al principio, Vanderlei dijo que no. Pero la madre de la niña explicó que su hija cumplía nueve años y que no tenían nada para comer. Entró y le compró a la niña, una migrante venezolana, un pastelito. «Ese día, fui a casa y lloré», dice Vanderlei, quien añade: «Sabía que tenía que hacer más para ayudar».
Desde entonces, Vanderlei y su club, el Club Rotario de Boa Vista-Caçari, se han asociado con organizaciones locales sin fines de lucro, organizaciones religiosas y la Operação Acolhida (Operación Acogida) del Gobierno, para ofrecer comidas diarias, medicamentos y oportunidades de desarrollo profesional a las familias que llegan al norte de Brasil desde Venezuela. En noviembre, Vanderlei fue honrado en el Día de Rotary en las Naciones Unidas por su trabajo al frente de este proyecto. Para obtener más información, comunícate con Vanderlei en santana.delei@gmail.com.

Colombia: Esperanza para los caminantes
Se les conoce como «los caminantes», y llegan a Colombia desde Venezuela por decenas de miles buscando trabajo, refugio y comida. «Imaginen la condición psicológica de una persona que tiene que dejarlo todo atrás y caminar durante días», dice Cristal Montáñez, socia del Ciberclub Rotario de Houston. Cristal es venezolana de nacimiento y activista desde hace mucho tiempo. Ha sido testigo directo de cómo la avalancha de refugiados desbordó las organizaciones de servicios sociales de Colombia. Inspiradas para ayudar, Cristal e Isis Mejías, otras integrantes del ciberclub de Houston de origen venezolano, crearon el proyecto Hope for Venezuelan Refugees (Esperanza para los Refugiados Venezolanos), el cual distribuye comidas a los migrantes en varios puntos a lo largo de la ruta que siguen. El proyecto es una colaboración entre el ciberclub de Houston y la organización sin fines de lucro Rise Against Hunger, la cual suministra las comidas. Para facilitar la distribución, el ciberclub trabaja con el Club Rotario de Cúcuta en Colombia y varios bancos de alimentos y refugios a lo largo de la ruta.
Isis dice que el ciberclub de Houston quiere continuar con el proyecto, pero que necesita recaudar suficiente dinero para cubrir el costo de su administración (este también cuenta con la cooperación continua de Rise Against Hunger). «Los venezolanos están rezando para recibir la solidaridad de organizaciones internacionales como Rotary», dice. Para obtener más información, visita mightycause.com/story/29ixvf.

Venezuela: Apoyo a las comunidades
«Cada día es más difícil», dice José Bernardo Guevara Pulgar, quien vive en Caracas, la capital de Venezuela. Abogado de derechos humanos y socio del Club Rotario de Baruta/Las Mercedes, José Bernardo dice que lo que más le preocupa es la falta de medicamentos. El costo de la atención médica se ha disparado, haciéndola inalcanzable incluso con el salario de un profesional. «La salud pública está al borde del colapso. La gente tiene que traer sus propias jeringas, sus propios medicamentos. El Gobierno no proporciona estas cosas».
A pesar de las duras condiciones, la mayoría de los socios de Rotary se han quedado en Venezuela y muchos clubes siguen reuniéndose. «Voy a quedarme aquí y a luchar por mi país», dice Francisco Morello, gobernador del Distrito 4380 de Venezuela. «Venezuela está atravesando la crisis interna más difícil de su historia», añade Ricardo Díaz, gobernador del Distrito 4370 de Venezuela. «Necesitamos medicinas e implementos médico-quirúrgicos como ecógrafos, glucómetros y tensiómetros». Ricardo también expresó la necesidad de sillas de ruedas, muletas y andadores, independientemente de su condición.
«Pediría a los clubes rotarios que no dejen de tener en mente a nuestro país», dice Ricardo, quien enfatiza: «Hoy necesitamos su ayuda. Mañana nosotros seremos los que podremos ayudarlos». Para obtener más información, comunícate con Ricardo Díaz en ricardodiaz1964@hotmail.com.

Esta historia apareció originalmente en la edición de marzo de 2020 de The Rotarian.

«Mi plan es sacar a mi familia. No tengo ninguna esperanza de que las cosas vayan a cambiar en Venezuela. El daño al país ha sido enorme».

«Fue doloroso irse, pero estamos muy agradecidos por la oportunidad que nos ha brindado este país. Ahora nos sentimos seguros».

«Algunos días no teníamos electricidad durante 10 horas», dice Victoria. La hiperinflación había empeorado tanto que su familia podía comprar muy poco en el supermercado.
1.45 millones Número de venezolanos acogidos por Colombia, el mayor de cualquier país.
89 % Porcentaje de venezolanos que no tienen suficientes ingresos para comprar comida.

Créditos:
Héctor Herrera en la ciudad de México (Foto: Pato Portillo)
Eduardo José Campechano Escalona en Trujillo, Perú (Foto: Florence Goupil)
Victoria García Baffigo en Aurora, Illinois, Estados Unidos (Foto: Ramón Pérez
Palacios-Pelletier)

Cristal Montañéz alimenta a los caminantes (Foto: Cindy Catoni)

Juan Pablo Cohen / La Opinión

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