Por Edgar Carrillo Reynosa
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Durante gran parte de mi vida creí que ver dependía únicamente de los ojos. El día que perdí la vista pensé que también perdería mi manera de conocer el mundo. Con el tiempo descubrí que estaba equivocado.
Cuando dejé de concentrarme en lo que había perdido, empecé a descubrir todo lo que seguía estando ahí: el aroma del café al amanecer, la voz de quienes quiero, la lealtad de mi perrita, la música que acompaña mis pasos y la satisfacción de cumplir un día más con mis responsabilidades.
También comprendí que la inclusión consiste en reconocer la dignidad de cada persona, respetar su autonomía y abrir espacios para que cada quien aporte lo mejor de sí. Necesitamos oportunidades, confianza y personas dispuestas a caminar a nuestro lado cuando sea necesario, y a dejarnos caminar solos cuando podemos hacerlo.
La vida me enseñó que la disciplina vence al desánimo, que el humor aligera las cargas y que la gratitud tiene el poder de transformar incluso los días más difíciles.
Ojalá nunca tengamos que perder algo importante para aprender a valorar lo que ya tenemos.
Estas y otras reflexiones están en Nada que ver, un libro en el que comparto un día de mi vida, con la esperanza de que invite a otros a descubrir nuevas maneras de mirar la suya.
