Por Gretchen Rojas Alvarado
Club Rotario Alajuela
Hay lugares que se conocen por sus paisajes, otros por su gastronomía y algunos por su historia. Puntarenas reúne todo eso; pero posee además un rasgo que la distingue: la extraordinaria capacidad de congregar a miles de personas alrededor de una tradición que ha unido a generaciones.
El fin de semana del 10 de julio tuve la oportunidad de vivir las tradicionales fiestas de la Virgen del Mar, una celebración que trasciende lo religioso para convertirse en una expresión de identidad, esperanza y encuentro.
Durante varios días, el puerto se llenó de vida con desfiles, elecciones de reinas, mascaradas, bailes típicos, juegos mecánicos y el inconfundible aroma de las comidas tradicionales que forman parte de la identidad puntarenense. Cada rincón invitaba a disfrutar en familia y a reencontrarse con las costumbres que han dado vida a esta celebración durante generaciones.
La festividad continuó la noche del sábado con un multitudinario concierto de música tropical. Más allá de la cantidad de asistentes, impresionaba el ambiente de respeto y convivencia. Familias completas, jóvenes y adultos, disfrutaban de la música en un espacio donde reinaban el orden, la alegría y la seguridad. En tiempos en que las noticias suelen resaltar la violencia, resultó reconfortante presenciar una actividad en la cual prevalecieron la organización y el sano disfrute.
El domingo, desde las primeras horas del día, las playas se llenaron de visitantes provenientes de distintos puntos del país. Toldos, niños jugando, amigos reunidos frente al mar y cientos de personas aguardaban el momento más deseado: la procesión marítima de la Virgen del Carmen.
Las embarcaciones navegaron como si siguieran una misma melodía, acompañando la imagen mientras recibían la bendición para que nunca falten la pesca, el trabajo y el sustento de quienes viven del mar. Fue un momento cargado de fe y profundo respeto que recordó la estrecha relación entre Puntarenas y sus pescadores.
Estas fiestas representan mucho más que una tradición religiosa. Son una oportunidad para dinamizar la economía local y recordar que la mayor riqueza de Puntarenas no está únicamente en su mar, sino en su gente: una comunidad que, con alegría, hospitalidad y esperanza, sigue reuniendo a todo un país frente al mismo horizonte.
