Ese dulce chirrido: Mucho más que una carreta

Por Gretchen Rojas Alvarado
Club Rotario Alajuela

Si usted se detiene en una calle de Escazú, Sarchí o San Ramón un segundo domingo de marzo, lo primero que lo va a alcanzar no es la vista, sino el oído. Es ese sonsonete metálico y rítmico que nosotros llamamos el «canto» de la carreta, no es un ruido cualquiera; es el roce del anillo de metal contra el eje de madera, un sonido que para el campesino de antes era la compañía fiel en medio de la soledad de los caminos de barro. Ese chirrido es en realidad el latido de nuestra propia historia.

Hoy vemos las carretas en los desfiles, luciendo esos colores vibrantes y colochos geométricos que Unesco reconoció como Patrimonio de la Humanidad. Pero esa pintura no siempre fue para decorar. En el siglo XIX, los boyeros pintaban las ruedas para proteger la madera de la humedad y el sol inclemente de nuestro trópico. Con el tiempo, cada familia y cada pueblo fue encontrando su propio estilo, convirtiendo su instrumento de trabajo en una cédula de identidad. Uno podía saber de dónde venía un boyero solo con mirar los dibujos de sus ruedas.

Pero el corazón de esta tradición no es solo el objeto, sino la conexión casi mística entre el hombre y el animal. El boyero no ve en sus bueyes una máquina; los ve como compañeros de vida. Tienen nombre ―normalmente parejas como Mariposa y Pajizo o Cariño y Consentido y responden al suave toque del chuzo con una obediencia que nace del respeto, no del miedo. Es una alianza forjada en las madrugadas de frío y en los sesteos (esos descansos necesarios a la orilla del camino) durante los viajes eternos para llevar el «grano de oro» hacia los puertos.

Celebrar el Día Nacional del Boyero es negarse a olvidar que Costa Rica se construyó a paso lento. Aunque los camiones y el asfalto hayan ganado la partida en las carreteras, la carreta sigue transitando por el camino más importante: el de nuestra memoria colectiva. Es un homenaje a la humildad, al esfuerzo que no busca atajos y a ese orgullo de saber que aunque el mundo corra nosotros todavía sabemos caminar con calma.

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